Miércoles, 23 Febrero 2011 18:59

El valor del silencio

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Actualmente vivimos en ambientes ruidosos, incluso en nuestras casas, donde hay uno o varios televisores o equipos de sonido encendidos muchas horas al día. Hablamos de disfrutar la música, la televisión o los programas de radio, pero no de disfrutar el silencio.


Cuando estamos expuestos al ruido del tráfico o de máquinas trabajando nos sentimos incómodos, molestos y tensos. Al alejarnos inmediatamente notamos un enorme alivio, nos relajamos y disfrutamos el silencio.

Desafortunadamente el ruido tiene efectos en la conducta humana y quienes están sometidos a él se muestran más irritables, inquietos e incluso agresivos, con baja capacidad de concentración y por lo tanto menor rendimiento.

 

Podríamos decir que el ruido es un agresor mientras que el silencio es un pacificador. Silencio es sinónimo de quietud, paz y conexión con uno mismo, con nuestro ser interior, con nuestro centro. Sin embargo, muy pocas veces en la educación hablamos del valor del silencio.

 

El silencio como puente hacia la conciencia


Recuerdo dos modelos educativos que le han dado importancia, debido a que su misión es la formación del ser humano pleno y no sólo la transmisión de información, es decir, una educación que no está dirigida sólo a la mente sino al ser integral.

 

El Método Montessori, diseñado por la Dra. María Montessori, médica y pedagoga italiana, cuyo objetivo es formar seres humanos que promuevan la paz, como una forma de vivir y de ser, se basa en la autoeducación. Para ella el orden, el silencio y la concentración son bases esenciales de la autodisciplina y el autocontrol tan necesarios en el aprendizaje y en la vida. María Montessori descubrió el amor de los niños por el silencio, “lo disfrutan tanto como el esparcimiento” decía y lo reforzó con ejercicios diarios, llamados “ejercicio de silencio” que consistían en controlar los propios movimientos y concentrarse a escuchar los sonidos del medio ambiente.

 

LL3LNsilenciEl Modelo Educativo Etievan, cuya fundadora, la educadora Nathalie De Salzman de Etievan, nació en Rusia, estudió en Suiza y luego se radicó en Venezuela, se basa en ofrecer una educación dirigida a despertar la conciencia, infundir en los niños la confianza en sí mismos para enfrentar la vida, responsabilizarse y desarrollar de una forma equilibrada la mente, el sentimiento, el cuerpo y el espíritu. En su libro “No Saber es Formidable” dice: “Hay que enseñarles a escuchar y amar el silencio, solamente en el silencio se puede pensar, ver, sentir y aprender”.

 

Silenciar la mente para escuchar nuestra voz interior


Definitivamente somos seres humanos que llenamos nuestra vida con mucho ruido, tal vez por costumbre o por temor a la quietud, al silencio y a la soledad. Nuestra cultura no valora el silencio como un medio indispensable para centrarnos, conocernos, valorarnos y conectarnos con lo esencial. Sin embargo, cuando pensamos en hacer una pausa en la carrera de la vida, en relajarnos, lo primero que viene a la cabeza es la necesidad del silencio, indispensable para tranquilizar la mente, el cuerpo, los sentimientos y el espíritu.

 

Cuando buscamos fuerza interior, cuando queremos contactar lo más elevado de nosotros mismos, requerimos silencio, recogimiento, quietud. Podríamos decir que el silencio es la puerta que nos permite entrar a la paz interior. Silencio que debemos rescatar en nuestra vida diaria, promover y disfrutar junto a nuestros hijos y alumnos.

 

Ante una sociedad que se torna agresiva y unos jóvenes que tienen más dificultades para encausar sus emociones e impulsos, enseñar a disfrutar el silencio es una herramienta interesante para hacer una pausa y buscar la paz interior, base del equilibrio humano.

 

Es necesario empezar a trabajar el silencio desde que los niños son pequeños, haciendo juegos que sean retos para lograr su interés. Por ejemplo hacer silencio para reconocer la voz de alguien, identificar ruidos y sonidos del ambiente, escuchar el corazón de cada uno, “investigar” si las hormigas hacen ruido al caminar, descubrir si alguien se acerca o se aleja por los pasos, con los ojos tapados seguir a un compañero sólo por el ruido que hace al moverse o buscar de dónde proviene un sonido, caminar sin que nadie los escuche, etc. Siempre reforzando que estos juegos sólo los pueden hacer en silencio porque el silencio les permite escuchar mejor, sentir más y estar más tranquilos.

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